Adoro el silencio. Por eso escribo. Para que los destinatarios de todas mis absurdas cavilaciones sean ojos mudos sin halagos ni críticas, para no "dar que hablar", para perder esa sensación de continua observación, que me invade tan a menudo.
Escribo para no hablar, para que sólo los ojos que amo y un par de curiosos con tiempo que perder sepan de mí y lo que soy en realidad, de lo que llevo dentro. Pero, amo el silencio... tanto que últimamente he caído en la dulce tentación de ser muda.
Oigo ya demasiados murmullos...llega a convertirse en ruido. Y duele en mis oídos, en mis ojos y en el corazón del que amo. Le asaltan los recuerdos, las preguntas, y a mí las explicaciones, los recuerdos, los nombres, la culpa...demasiado ruido...demasiado para ser esto un hábito evasivo sin más finalidad que el silencio ínfimamente compartido.
Poco que explicar... hormonas, crecimiento, inmadurez, soledad... 18 años sumamente mal llevados, recientemente desintoxicados y rehabilitados, confiados en quien no debieron, dolidos todavía por el pasado cruel y adverso, aún sensibles a los antiguos malos hábitos...un no-error (Dios me guarde la conciencia y los segundos de reacción), como tantos...demasiado ruido para no ser esto más que silencio.
A colación del tema del ruido, el silencio y los compases, y para no perder la costumbre de mis refranes, dichos y frases coloquiales, agradecida de los ojos mudos e indiferente a las bocas semi-silenciosas, me voy "con la música a otra parte".

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